El realismo de la novela de Lorenzo Silva

V Seminario Permanente en la Bonald

El jueves 11 de junio concluía el V Seminario Permanente de la Fundación Caballero Bonald que ha tenido como tema de estudio la novela juvenil. Y lo hizo con la presencia del escritor Lorenzo Silva dialogando con Aída Rodríguez sobre «Realismo y aventura en la novela juvenil».

La periodista introdujo la sesión con el currículo comentado del escritor para, al final, pararse en las tres novelas que componen lo que se ha llamado La trilogía de Getafe, calificándolas como «historias del despertar a la vida», que le habían emocionado y que entiende que consigan devolver la juventud a lectores adultos.

Lorenzo Silva tomó la palabra reconociendo la importante selección que se había hecho para el Seminario por lo que estaba muy agradecido a la Fundación por invitarle así como a Aída Rodríguez por la presentación que le «había llegado a esos pliegues humanos profundos y que tal vez podría dificultar la exposición que voy a realizar».

No fue así, sino que el autor de El cazador del desierto, título que se había propuesto como lectura para la sesión, pudo hablar de su obra para jóvenes, de los elementos que la componían y de su posición a la hora de abordar este trabajo, con toda la fluidez que le caracteriza su escritura.

Como primer aspecto, y dado que en las tres novelas referidas se daba la constante del personaje que se siente extraño en el espacio en el que se encuentra, consideró la situación del que es extranjero en todas partes, empezando por él mismo, que había vivido en los barrios periféricos de Madrid, «un lugar de identidad complicada», donde hay gente de muchos lugares, donde parece que no se es de la ciudad, que esa pertenencia les corresponde sólo a los de determinados barrios. Y apuntó aquí el peligro de confundir pertenencia con condición, lo que era utilizado por algunos para incluso negar derechos a otros.

Contaba que las tres historias que más le habían influido eran Ben-Hur, de un judío en Roma que termina no siendo ni judío ni romano, Lawrence de Arabia, otro personaje (y en este caso real) que ya no era ni inglés ni árabe, y las historias del Capitán Nemo, un apátrida. Es decir, tres extraños y extranjeros con una lucidez especial dispuestos a confirmar su identidad en el mundo.

«No me siento indefenso, ni desvalido, no me han pesado tanto las dificultades en un país extranjero como lo que me ha enriquecido. Podría declarar que quiero ser extranjero en cualquier parte: se me extraña mi ciudad y vivo en Barcelona, rodeado de una lengua que no es la mía».

Volviendo a la trilogía, «los personajes redescubren su mundo a partir del contacto con otros personajes que les hablan de otros lugares (o en el caso de Silvia, su visita a París)». A través de ese extrañamiento cada uno descubre qué es, qué tiene, la importancia de la amistad y la importancia de su propia ciudad.

Y en las tres novelas reconocía la idea presente del realismo, siguiente aspecto que abordó y que era el objeto del encuentro. Pero «realidad desde la imaginación, que tiene que ver con lo que existe. A diferencia de la fantasía, desligada de la razón y a veces como realidad alternativa. La imaginación y la aventura parten de la realidad y construyen la vida de las personas».

Reconocía que la etiqueta de realista, el sustantivo realismo como género para novelas, a veces estaba cargado de cierto carácter peyorativo porque algunos decían eso de: «como no llega a más, se queda en Literatura realista». Sin embargo encuentra que la realidad es misteriosa si se sabe mirar, cuando se considera anodina es por no ser capaz de apreciar sus misterios: «en cualquier mente hay quimeras, en cualquier pasado hay fantasmas y en cualquier armario hay cadáveres».

Eligió Getafe como un lugar donde en principio no hay misterio, pero era una posibilidad para invitar al lector a que lo descubriese. Y también porque se echa en falta una mirada normalizada de la realidad. Por ejemplo, en el cine se cuentan historias reales, propias, en barrios céntricos y concretos (en aquellos donde viven los directores, decía), mientras que si se eligen barrios periféricos ya se cuentan historias «de los otros».

«Mi planteamiento, a la hora de escribir novela juvenil, era ponerme frente a lo fantástico y frente a esa corriente de final feliz, porque está muy instalada esa sensación de orden, de encaje, de final feliz». Así recuerda a esos lectores que se sienten contrariados porque al final de la novela los dos jóvenes no se besan, les zarandea que no haya un final feliz. Pero si bien podrán olvidar tanto beso final tipificado de casi todas las historias «es difícil que olviden ese beso que no se han dado».

Recordó a la editora Norma Sturniolo que fue quien le propuso que escribiese una novela juvenil y que le decía que pretendía historias que empujen a tener la moral alta, porque los adolescentes están en formación y hay que darles horizontes.

«Creo que un lector de 15 años es un adulto con menos experiencias (aunque hay excepciones), y creo que no hay que ocultarles las adversidades. La vida es el arte de sobrevivir ante la adversidad.»

Un nuevo aspecto planteó a continuación: «No puedo prescindir de la significación moral de una historia». La literatura tiene un valor moral, es su premisa, «lo que no quiere decir que el alma literaria se convierta en una prédica. Por el contrario, esto ha de considerarse para que sea posible que el lector sea quien pueda aplicar su moral, hacerse preguntas, como se hacen los personajes, que a veces toman la vía de la moral clásica o la infringen».

La última parte de su exposición estuvo dedicada a su perspectiva sobre la novela juvenil. Su punto de partida es escribir para que lo pueda leer cualquiera, refiriéndose a personas de cualquier edad (dejando a un lado a los niños para los que ya escribe literatura infantil). En el caso de los jóvenes, pensar en esa encrucijada entre la infancia y la madurez, en la adolescencia,  de la que piensa que no se termina de salir del todo.

Reconocía que escribir para los jóvenes tiene un sentido especial al tratarse de personas en formación, en la vertiente personal y en la vertiente lectora: «porque creo que es bueno para muchos lectores que están en el trance de dejar de serlo y no leer nunca más. Es importante ofrecerles novelas que les resulten próximas. El escritor de novelas juveniles creo que debe servir de peldaño en el que puedan apoyarse para que puedan seguir leyendo», refiriéndose claramente al abandono lector que se produce cuando la lectura deja de estar acompañada de la escolarización.

En cuanto a la participación en la formación personal se lo planteaba como esa posibilidad de mostrarles la realidad: «En la trilogía hay ventanas abiertas, para asomarse, salir de aquí y observar, y cuando vuelva a la habitación la encontrará de otra manera». A esto obedece la intertextualidad presente, en referencia a títulos y personajes y al cine y la música: «Es invitar a los jóvenes a hacerse cargo de la diversidad del mundo, de todos los estímulos que ofrece».

«Mi planteamiento sobre la Literatura juvenil es un diálogo con un lector que empieza a ser adulto, que ya puede contar cosas, y yo soy un adulto que tengo que recordar cosas de mi juventud que había ido olvidando».

Tras esta intervención, aplaudida por el público que ha seguido fielmente el Seminario, se inició el diálogo con la presentadora y los asistentes donde se fueron puntualizando detalles sobre la obra de Lorenzo Silva, en particular sobre la Trilogía de Getafe.

Sería deseable, dada la calidad y el interés de este Seminario recién concluido, que la Fundación Caballero Bonald incluyera en las próximas ediciones, algunos encuentros en los que, probablemente, la novela juvenil tenga algo que decir.

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