El inspector Pildorín

Lilli Thal
Ilustraciones de Frankziska Biermann
Madrid: Anaya, 2008

Pildorín es uno de esos personajes a los que uno coge cariño desde el primer momento, sin saber por qué. Es un policía bastante inútil, no da un palo al agua, se aprovecha de Rodolfo Valentín Pásmez, su subalterno, no reconocería a un ladrón ni aunque llevara un cartel puesto y, allá donde va, le acompaña la catástrofe. Pero sin embargo, cae simpático. Quizá sea por su aparente inocencia, su despiste, sus frases memorables o sus momentos de gloria -los menos- en los que, acompañado de la fortuna, la suerte, el azar, y todos los hados habidos y por haber, consigue resolver un caso o dar un golpe de gracia a los criminales.

El caso es que, desde el principio del libro, en el que Pildorín y su asistente Pásmez son llamados al despacho del comisario para lo que el inspector cree que es un merecido ascenso, y en realidad es una bronca de las gordas con exilio incluido, está claro que Pildorín ve el mundo con otros ojos. Así que los dos policías, tras salir del despacho del comisario, tienen un nuevo destino asignado: un pueblucho de mala muerte donde nunca pasa nada (o al menos eso creen ellos).  Allí tendrán que hacer frente a una banda de criminales tan chapuceros como ellos mismos: Toño, Edu y Luis, unos ladrones de serie B con no demasiadas luces. Pildorín y Pásmez solo tienen un objetivo: conseguir que el comisario Gruño les levante el castigo, y les permita volver la city. Sin embargo, su historial de catástrofes y meteduras de pata les va enterrando más y más en ese pueblo perdido de la mano de Dios.

El inspector Pildorín, y su segunda parte, El inspector Pildorín y los falsos Papá Noel, se lee con una sonrisa en los labios. Las situaciones disparatadas, los diálogos de Pildorín con su asistente, los peculiares personajes del pueblo al que son destinados… Nos encontramos con nombres como Gruño Constantín (el comisario), Rodolfo Valentín Pásmez, Gregorio Zumbón (dueño de la tienda de animales), el catedrático Picospardos, la señorita Lapiedra (cuidadora del museo), Don Pedorrón (asistente de la reina Matilde)… Todo ello forma un cóctel de humor absurdo y catastrófico. La traducción, a cargo de Moka Seco, no ha debido de ser fácil, dado que son muchos los juegos de palabras, chascarrillos y expresiones que en el original alemán serán totalmente distintos. Pero el resultado ha merecido la pena.

Las ilustraciones, de Franziska Biermann (Al señor Zorro le gustan los libros, Las islas felices detrás del viento), realzan el tono humorístico de la narración, y ayudan a construir los personajes con mucho acierto. La autora del texto, Lilli Thal, tiene otro libro publicado en España, Mimus, una novela juvenil que nada tiene que ver con estos dos libros, por su lenguaje y por su trama, pero destaca igualmente por su calidad literaria.

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