El diario de las cajas de fósforos

El diario de las cajas de fósforosPaul Fleischman
Ilustraciones de Bagram Ibatoulline
Barcelona: Editorial Juventud, 2013

Existen muchas estrategias para narrar una historia, pero las mejores son las que surgen de forma espontánea a partir de los objetos cotidianos que guardamos porque tuvieron un significado muy especial en algún momento de nuestra vida y al reencontrarlos volvemos a vivir aquel episodio que nos marcó. Es lo que sucede en el álbum ilustrado El diario de las cajas de fósforos, donde la forma de contar se relaciona con el tipo de libro. El libro álbum -lo mismo que el resto de libros donde predominan las imágenes, no siempre acompañadas de texto- tiene la virtud de exigirnos una mayor atención que se recompensa con una lectura doblemente satisfactoria. Dos tipos de lenguajes complementarios que no todos son capaces de procesar del modo adecuado, pero que en este caso disponemos de un mapa de lectura para guiarnos paso a paso.

El diario de las cajas de fósforosUn bisabuelo y su nieta protagonizan esta historia que homenajea las relaciones familiares, las vivencias de otro tiempo y las múltiples formas de preservar en la memoria el recuerdo de nuestro paso por el mundo. Una colección de cajas de fósforos es la mejor puerta hacia la narración de la vida de un hombre singular que de niño no quiso perder detalle de todo lo que le acontecía. Como no sabía leer ni escribir tuvo la conciencia de guardar objetos varios como muestra de la búsqueda de la felicidad y la supervivencia que llevó a una familia italiana a abandonar su país y a probar suerte en América.

—Elige el objeto que más te guste y luego te contaré su historia.
—¡Hay tantas cosas que no se qué elegir!
—Lo sabrás cuando lo veas. Y entonces yo también sabré algo más de ti, de esta bisnieta que hasta ahora solo conocía de oídas.

De esta manera nos iniciamos en el itinerario vital de un anciano que bucea en sus orígenes porque no puede rendirse a la petición de su nieta para que le cuente historias. Un libro entrañable donde la curiosidad actúa como resorte y catalizador de buenas sensaciones. El objeto elegido para iniciar una historia no es otro que una vieja caja de puros que contiene gran cantidad de cajitas de fósforos que guardan en su interior un pequeño objeto en apariencia insignificante pero que tiene el poder de activar el recuerdo de toda una vida en torno a experiencias de todo tipo.

El contenido de cada cajita es un paso más en la reconstrucción de la historia del bisabuelo, que es la historia de los orígenes de toda la familia y que la nieta recibe de forma improvisada. La primera de las cajitas guarda un hueso de aceituna que representa la infancia de su bisabuelo llena de carencias, donde se acostumbró a chupar huesos de aceitunas para olvidar el hambre. La segunda cajita contiene la fotografía de su padre, de cuando marchó antes y no quería que su familia se olvidara de él, y el macarrón de la tercera simboliza su país, Italia. Las diecinueve cáscaras de pipas de otra cajita le recuerdan los días que duró el viaje de su Nápoles natal hasta el Nueva York que lo acogió.

El diario de las cajas de fósforos

Otros objetos que se hallan dentro de las cajas son: una raspa de pescado que representa el trabajo en una fábrica, un diente, entradas para ver partidos de béisbol, una chapa de refresco, letras de una imprenta, pedazos de periódico con el lugar y la fecha de lugares donde estuvo, entre muchos otros.

Más adelante descubrimos que el protagonista pudo ir a la escuela en su nuevo país y allí aprendió a leer y a escribir, trabajó como periodista, tuvo una tienda de antigüedades y se aficionó a coleccionar objetos. Su evolución económica y personal fue en ascenso, y aunque siempre mantuvo vivo su deseo de escribir un diario personal, la colección de cajitas de fósforos con sus pequeños tesoros fue su mejor idea para mantener el recuerdo, y esa tarde le permiten hilvanar la historia de su vida.

El diario de las cajas de fósforosDe este modo, acompañamos a los dos personajes en una tarde donde lo pequeño se hace grande, lo sencillo asombra porque se torna complejo y la unicidad se multiplica hasta extremos insospechados. El juego metonímico que se establece entre el objeto y lo vivido es tremendamente maravilloso. Como un caleidoscopio, en el que al mirar por dentro de un simple tubo nos ofrece una inmensidad de colores y formas que se expanden con voluntad propia, así es el relato que guardan las cajitas. Las historias se engarzan como un todo semejante al hilo que mantiene unidas las cuentas de un collar. Logramos armar un puzle donde cada pieza tiene que ocupar su lugar para dar como resultado una imagen que por separado no prometía nada. Bisabuelo y nieta se reencuentran en una relación de igual a igual, a pesar de la fisura generacional. La niña se muestra curiosa por la historia de su bisabuelo, y el niño del pasado que se maravillaba de todo y creía ver un tesoro en todo lo que encontraba dialoga con su nieta con el propósito de transmitir todo lo que vivió y el privilegio de poderlo compartir.

Elegancia, sobriedad y poesía a partes iguales. No solamente las imágenes son bellas, sino que el hilo conductor que las une en un entramado sólido y bello nos ofrece un mayor deleite. El hiperrealismo es la característica más destacada de imágenes que asemejan fotografías reales y que combinan el color sepia y el blanco y negro de la infancia del protagonista, además de los objetos testimonio de su vida, con el colorismo y vitalidad de las imágenes del presente donde bisabuelo y nieta interaccionan.

Así pues, la apuesta del escritor californiano Paul Fleischman se complementa perfectamente con las ilustraciones de Bagram Ibatoulline. Ambos son dos artistas experimentados en literatura infantil y han sido reconocidos por la calidad de sus obras.

El diario de las cajas de fósforos

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