El chico de las manos azules

El chico de las manos azules (Eliacer Cansino)Eliacer Cansino
Madrid: Bruño, 2014

Viaje a la esperanza

La novela que reseñamos comienza en una estación ferroviaria de Mostar. Allí se encuentran al acaso los dos protagonistas. Estamos en los años de la guerra de Yugoslavia y ambos huyen de una Sarajevo destrozada por las armas. Franz es un adolescente que ha perdido a su familia y a sus amigos y lleva todavía las manos pintadas de azul, porque hasta hace bien poco podía jugar con sus colegas a ser un extraterrestre; e Illia, un músico de treinta y pocos años, que deja atrás su carrera en una orquesta y un amor no correspondido. Illia quiere llegar a Madrid, donde tiene un contacto –apenas un nombre y una dirección– y Franz acepta acompañarlo porque ni siquiera tiene adónde ir. Deciden hacerse pasar por padre e hijo para cruzar más fácilmente los controles fronterizos. A partir de aquí la novela nos irá contando las peripecias y la lucha de los protagonistas para poder salir adelante en un pueblo de la periferia de Madrid, su ciudad de acogida.

El tema de la inmigración ya aparecía en otras obras de Eliacer, como Una habitación en Babel, pero en este caso no se trata de una inmigración económica, sino política, lo que le da un cariz muy distinto a la historia. Es la guerra la que ha arrojado a los protagonistas a la situación dramática que tienen que afrontar; pero antes de ella eran personas normales, que en absoluto podían pensar que acabarían arrojados a la indigencia y la expatriación. Refiriéndose a Franz, el muchacho, dice el narrador:

Él no estaba acostumbrado a la pobreza ni, por supuesto, habituado a una vida donde no parecía haber esperanzas de salir de ella. Donde había vivido con sus padres, todo el mundo tenía para sustentarse. Nadie vivía en aquellas condiciones tan miserables. [Pág. 63]

Y de Illia nos dice palabras semejantes:

Tampoco él pertenecía a aquel mundo de pobreza y exclusión. En Sarajevo era músico. Vivía de la música. Sin holguras, pero con los suficientes recursos para alguien que como él necesitaba poco para sentirse cómodo. [Pág. 64]

Por tanto no han venido a un país extranjero para prosperar, sino para volver a ser lo que fueron. No les basta con sobrevivir, porque aspiran a recuperar su dignidad. Este es el tema central de la novela y podríamos decir de casi toda la narrativa de Eliacer Cansino, que a menudo nos presenta la lucha por la recuperación de la dignidad en personajes que, por diversos motivos, la han visto menoscabada. Es el caso de Nicolasillo Pertusato, el enano de Las Meninas que protagoniza El misterio Velázquez, o el de muchos personajes de Una habitación en Babel, a los que la marginación económica o la inmigración ilegal han puesto en una situación límite. No puede extrañarnos esta importancia de la dignidad humana en la narrativa de Eliacer: es el punto central de cualquier enfoque humanista de la Filosofía, a la que el autor ha dedicado su vida profesional.

Como hemos dicho, en El chico de las manos azules los dos protagonistas han sido desposeídos de su patria, de su familia y de su posición social y económica por la guerra. Pero su lucha no va a ser solo por la supervivencia económica, sino también por la recuperación de su condición de seres humanos plenos, de ciudadanos dignos integrados en la sociedad que los ha acogido, tanto al menos como lo estaban en su país antes de la catástrofe.

De hecho, la primera, la supervivencia económica, la tienen fácil, siempre que quieran someterse a la protección mafiosa de las bandas del barrio: la de Nigudín o la de sus rivales, los hermanos Bukowsky. Y en un primer momento, no tienen más remedio que acogerse a ella. Es una nueva versión de otro tema recurrente en la novela de Eliacer, el del pacto con el diablo. En El misterio Velázquez se nos presenta un verdadero pacto fáustico, pero en El chico de las manos azules estos contratos demoníacos tienen un sentido más general:

Sí, porque los pactos con el diablo no son siempre esa tragedia fáustica, grandilocuente y dramática en que cambiamos nuestra alma por un imposible bien mundano. No, pactamos con el diablo cada vez que cambiamos conciencia por beneficio, amor por interés, honestidad por lucro, sinceridad por mentira. [Págs. 209-210]

La novela entra así en una segunda batalla más difícil que la primera: romper el pacto con el diablo, sacudirse el yugo de la indignidad que los asfixia. En una bella imagen, el narrador compara esa lucha con la del Perro semihundido de Goya, que Illia podía ver en unos carteles.

Para ganar esa batalla, los personajes deben elegir. Eliacer no cree en el determinismo; Ángel, el profesor de Filosofía de Una habitación en Babel, les enseña a sus alumnos: “La dignidad humana es incondicionada, está por encima de toda condición”. Es innegable que vivimos en un mundo injusto, donde unos tienen más y mejores posibilidades que otros, pero aun en el peor de los casos siempre es posible tomar una decisión, elegir entre dos alternativas. Illia es consciente de lo que representa ese poder de decisión:

Sabía que cuando la vida nos cierra el paso sin opciones para elegir, la libertad es una simple quimera. Para ser libre hay que poder optar, y para poder optar tienen que darse distintas posibilidades. [Pág. 169]

Para Illia la recuperación de la dignidad no consiste solo en recobrar su oficio de músico, sino en el hecho de ser visto por los demás y por sí mismo no como un refugiado ni como un extranjero, sino sencillamente como un músico. Para Franz la dignidad es, por una parte, la integración en el mundo escolar y social de los jóvenes de su edad; pero también recuperar la memoria, poder mirar a su pasado, a su infancia, prematuramente segada por las calamidades de la guerra, con dolor pero con serenidad. Esto se simboliza en la novela en la recuperación de los fantásticos relatos de extraterrestres que fantaseaba con sus amigos de la niñez, cuando se teñía de azul las manos. Solo si consigue recuperar su memoria dolorosa, compartirla con los demás, podrá superarla, vivir con ella y afrontar su futuro con esperanza. De esa elección, de esa lucha por reconquistar la dignidad sin dejarse atrapar en los pactos diabólicos trata El chico de las manos azules.

Esta lucha solo puede afrontarse desde la esperanza. He aquí otro de los motivos principales de la novela. En unas declaraciones al diario El País con motivo de la obtención del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Eliacer Cansino afirmaba: “Una novela juvenil siempre tiene que contener una dosis de esperanza. Cualquier persona que trabaje con jóvenes debe tener una mirada optimista y ha de creer que la felicidad es posible”.

Desde que sus protagonistas se juntan en la estación de Mostar, El chico de las manos azules es, ante todo, un viaje a la esperanza. Se la transmite Illia a su contacto Dimitri, nada más llegar a Madrid:

Vengo con esperanzas. Aún quiero que mi vida sea mía y estoy dispuesto a intentar lograrlo con dignidad. [Pág. 43]

Y es que si un golpe de infortunio, como la guerra, puede destruir una vida; otro de fortuna, ¿por qué no?, puede recomponerla. Afortunadamente el mundo no solo está poblado por malhechores y extorsionadores, hay también gente buena; existen la amistad y la solidaridad y la ayuda desinteresada. Por sí solos quizá los protagonistas hubieran sucumbido al Mefistófeles de turno, pero en un momento dado contaron con la ayuda de Dimitri, el compatriota que les precedió en el exilio; de Olivia, la profesora bosnia del instituto; de Cristina, la asistente social; de Saúl, el violinista; de Milena, la nueva amiga de Franz.

En efecto, en las novelas de Eliacer Cansino hay buenos y malos. Y no es que los personajes carezcan de complejidad: de hecho, sus protagonistas distan de ser perfectos y actuar siempre de la manera más conveniente. Pero si la distinción entre los buenos y los malos acaba siendo tan nítida es porque en la novela no hay un indiferentismo moral. El autor toma partido e invita a los lectores a hacerlo. Puesto que tenemos la facultad de elegir, de sobreponernos a las circunstancias adversas, de luchar por nuestra propia dignidad, no es irrelevante el camino que hayamos elegido cada uno.

Los orígenes intelectuales de Eliacer Cansino hay que buscarlos en la poesía y en la Filosofía. Por eso, cuando aborda la literatura narrativa, Eliacer juega con ventaja, con una doble ventaja: la primera procede de su oficio de profesor y filósofo que dota a sus novelas siempre de una densidad de sentido, de varias capas o niveles de lectura, que nos llevan desde la trama, amena y bien trazada, hasta la reflexión sobre algunas de las cuestiones más inquietantes del ser humano: desde luego del joven, cuando empieza a afrontar los problemas del mundo y de su propio interior, pero también de cualquier persona que busque en la literatura algo más que un mero pasatiempo; y la segunda, de su formación como poeta, que le proporciona un estilo depurado y brillante, pero nunca retórico, un manejo especial de las connotaciones, las imágenes y los símbolos (las manos azules, la cajita de nácar, el cuadro de Goya del perro semihundido…) que transportan al lector a ese nivel superior de significaciones. Si tuviera que poner alguna etiqueta al estilo de Eliacer Cansino, creo que lo llamaría realismo poético.

Eliacer escribe, desde luego, literatura juvenil, pero lo hace desde la perspectiva juanramoniana de dirigirse a los niños y jóvenes no como pequeños estúpidos, sino como seres en formación, formación a un tiempo ética y estética; esto es, de la sensibilidad y de la integridad moral. Por eso creo que los libros de Eliacer Cansino van a un público, indistintamente juvenil y adulto. Y sin duda uno de los motivos por los que esto es así se debe a esos niveles de lectura a que hemos aludido.
Como profesor, además, Eliacer conoce perfectamente el papel de la educación y de la cultura como el más seguro medio para alcanzar la dignidad y el progreso y, más, desde luego, en esos años de la infancia y la adolescencia. Por eso hemos visto que una de las mayores aspiraciones de Franz es volver a la escuela. Mira con nostalgia a los chicos que acuden con sus bártulos al colegio y se alegra incluso de ser retenido en un instituto cuando intentaba robar una bicicleta en compañía de los Bukowsky, porque intuye que ya no lo dejarán salir de allí.

Las referencias culturales están también muy presentes en las obras de Eliacer: cuadros, fotografías, piezas musicales, libros, alusiones a teorías filosóficas adquieren una singular importancia en sus novelas. De todo ello hay en El muchacho de las manos azules. Como es lógico, suenan muchas y diferentes músicas, dada la profesión de uno de sus protagonistas: música de cine, música balcánica, música clásica; hemos hablado del perro de Goya, hay también alusiones a Viktor Frankl, y habría que añadir la importancia de la fotografía de un paisaje de su país natal, que actúa para Franz como un estímulo para recuperar el paraíso perdido. Hay en cada obra de Cansino un libro que tiene especial importancia para los personajes. En El misterio Velázquez era la Divina Comedia; en Una habitación en Babel, un ejemplar de la edición príncipe del Guzmán de Alfarache, además de un poema de José Hierro; en OK, señor Foster se trataba del Miguel Strogoff de Julio Verne. En el caso de la novela que nos ocupa, ese libro decisivo son los Cuentos de Andersen. Franz lo recoge en la estación de Mostar, entre las pertenencias que tiene que abandonar un joven al huir de la policía, y allí se encuentra el billete de tren que le permite salir del país en guerra. Función realmente salvadora de la literatura, en este caso. Pero los cuentos de Andersen nos llevan también a la cuestión anterior: cómo entiende Eliacer Cansino la literatura juvenil.

–He leído todos los cuentos de Andersen. Me gustan mucho [le dice Franz a Milena, y esta le pregunta:]
–Ese escritor es para niños, ¿no?
–¿Tú crees que sí? Muchos de sus personajes mueren y otros son desgraciados, ¿eso es para niños? [Pág. 171]

Como Juan Ramón y como Andersen, la literatura juvenil de Cansino no elude los problemas más lacerantes del ser humano; al contrario, no deja de plantearlos, aunque siempre desde la esperanza y la dignidad. Por eso solo puedo recomendar de la manera más sincera y apasionada la lectura de esta novela tanto a los jóvenes como a los adultos, como si se tratara de aquellos juegos de mesa que ponían en sus tapas de cartón: para niños de 8 a 88 años.

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