El chico de la flecha

El chico de la flechaEspido Freire
Madrid: Anaya, 2016

Valores universales como el amor, la amistad, el aprendizaje y la justicia hacen posible que culturas, épocas y lugares converjan hasta el punto que resulta imposible ubicar con exactitud a qué momento de la civilización humana pertenecen. Es lo que ocurre en la novela juvenil histórica El chico de la flecha de la escritora bilbaína Espido Freire.

Nos adentramos en el siglo I d.C. de la mano de Marco, un adolescente huérfano que, junto con su hermana pequeña, vive en la casa de su tío Julio en Emerita Augusta, considerada una de las capitales más importantes del Imperio y la actual Mérida. En ese momento, los jóvenes privilegiados debían seguir una formación que contemplaba tanto conocimientos teóricos como otros más prácticos que les podían resultar útiles en su vida diaria, todo regado con una moralidad dirigida a dotarles de sentido crítico para ser responsables de sus actos.

El papel de los educadores no era nada fácil; sus discípulos pertenecían a familias nobles o simplemente privilegiadas, pero siempre  poderosas, y por lo tanto debían tener mucho cuidado a la hora de educar a sus hijos. En las lecciones trataban más de mostrar y ejemplarizar que de ordenar y mantener la disciplina con métodos más duros aplicados en épocas posteriores próximas a la nuestra. Pero Marco tiene catorce años, piensa que lo sabe todo y se desenvuelve de manera resuelta, despreocupada y alegre. Muchas veces actúa de forma generosa, pero otras se muestra egoísta y más de una vez se refugia en la mentira. Durante las clases su cabeza está en otra parte, desearía cazar con su mejor amigo Aselo, un joven esclavo de su edad que ayuda en las tareas de la casa mientras Marco se instruye.

Los ciudadanos se dividían entre libres o esclavos que podían comprar su libertad, y la situación de la mujer era de total dependencia respecto al hombre (padre, hermanos varones y marido). Los padres tenían el control total sobre el derecho a la vida de sus hijos y las pericias en la caza de los jóvenes acomodados se propagaban mucho más allá de las paredes de la domus que habitaban.

Todos los personajes del libro son anónimos y no llevan a cabo hazañas heroicas dignas de pasar a la historia, pero sí que se ahonda en sus sentimientos, el modo de resolver los conflictos y en la visión de la vida en una etapa de formación delicada como es la adolescencia.

Es evidente el homenaje que la escritora Espido Freire hace de la cultura clásica, por la que siente un gran aprecio y respeto. También es bastante obvio el intenso trabajo de documentación realizado para conseguir que el lector se sienta integrado de forma natural en una época lejana  y cuyas peculiaridades respecto a costumbres y creencias nos aclara a partir de notas a pie de página (pero no muchas). Como resultado, un libro de lectura ágil con un ritmo trepidante y cuyas aventuras nos hablan de amistad, celos entre hermanos, el primer enamoramiento, aprender a asumir responsabilidades, la pérdida de la confianza y el conocimiento del mundo.

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