El arroyo

Álisée Reclus
Ilustaciones de Eloar Guazzeli
Ediciones Media Vaca, 2001

Si existe una “Guía de Libros con encanto”, esta edición de El Arroyo deberá aparecer en ella y por sus tres motivos: por la edición, por el texto y por la ilustración. Y tener encanto es que está muy bien, no ya por sus virtudes sino a pesar de sus defectos.

Por seguir el mismo orden, en cuanto al trabajo editorial, se echa en falta un índice que, para las “relecturas” a las que seguro da lugar este texto, habría venido muy bien. Igualmente encontraría más público si en vez de un largo renglón con ese pequeño cuerpo de letra se hubiese optado por dos columnas por página. En cualquier caso es armónico el binomio sobriedad y elegancia, y tanto la sobrecubierta como los apéndices (esa bibliografía cálidamente comentada, por ejemplo) consiguen un acabado redondo.

En el texto, Álisée Reclus se presenta como un artífice de lo multidisciplinar y bien habría servido para explicar la naturaleza de una Unidad Didáctica: con el arroyo como tema central (y a veces único y auténtico protagonista), el escritor francés se apoya en él como elemento base (a veces en el terreno de lo metafórico) para relacionar, contrastar, y verificar otras observaciones de otras culturas, de la vida en la Naturaleza, de la ética, de la deuda de las personas para con el entorno,… Un texto, por tanto nada inocente, que -también hay que decirlo- peca a veces de florituras.

La ilustración que acompaña al cauce y caudal del texto en todas las mitades inferiores de cada página, supone veinticinco metros ininterrumpidos, en blanco y negro y con el azul para el agua, en un ejercicio (excesivamente bien logrado) de discreción y silencio que no afectase al rumor de la palabra pero que, sin embargo, termina convirtiendo lo contado en un documental: esa voz de fondo y un traveling, largo y preciso, para verificar lo que ahí se oye. Ambas fuentes, palabra y dibujo, desembocan en una antológica pagína 152 completamente azul.

En resumen, un libro que llena de contenido las señas de identidad de la editorial (que aparecen en una solapa al justificar su nombre de Media Vaca) ya que invita a ser rumiado poco a poco.

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