Coraline

Neil Gaiman
Ilustraciones de Dave Mckean
Madrid: Salamandra, 2003

Para comprender la importancia y el carácter de este libro, se antoja necesario conocer en primer lugar la particular idiosincrasia y trayectoria de sus autores. Neil Gaiman es un reconocido escritor de novelas para adultos -es el caso de American Gods– y uno de los mejores autores de cómic que hay en la actualidad; no en vano, su trabajo en la serie Sandman es considerado unánimemente una de las cumbres del género. Por su parte, Dave McKean es un ilustrador de primer nivel cuyo trabajo como portadista -con una muy destacable aportación acompañando a Gaiman en la mencionada serie- ha ejercido una fuerte influencia en otras artes, hasta el punto de que es el impulsor de una estética que se podría relacionar con el género del terror gótico. En el mundo del cine, cabe destacar el cartel del film El último escalón o la extraordinaria semejanza entre el cartel anunciador de la película Trece fantasmas y su portada para uno de los títulos de Sandman para la saga Brief Lives. Incluso en el mundo de la música se aprecia su influjo en la estética de algunos video-clips como por ejemplo el del tema “The hearts Filthy Lesson” de David Bowie.

Sirva esta presentación para otorgar a esta obra de terror su auténtica dimensión, puesto que es en este género donde ambos se desenvuelven con total solvencia. Coraline supone la conjugación de dos modos de afrontar el miedo: un lado clásico, pues Gaiman establece una especie de homenaje a la obra de Lewis Carroll, convirtiendo a la protagonista de la historia en una nueva Alicia que atraviesa su particular espejo en la forma de una puerta que la traslada a otro mundo, otra dimensión en la que lo imposible se hace real: animales que hablan o seres que cambian de forma. Al mismo tiempo, apreciamos aspectos muy actuales: una niña a la que sus padres ignoran en buena medida se mueve en un escenario aparentemente normal, pero en el que el sentimiento de que algo no acaba de encajar late con una fuerza creciente: en este estadio de la novela hay una constante sensación de desasosiego, de inquietud, porque no sabemos bien de dónde puede llegar el primer golpe. Es aquí donde Gaiman se revela como un maestro, manejando a su antojo la descripción de las habitaciones, de los “otros padres” o la asfixiante niebla que rodea la casa. Cuando el peligro es ya una realidad y la acción se desata es cuando el miedo cobra auténtico cuerpo: en este sentido, las escenas del sótano y del pasillo son impagables porque consiguen que el lector haga suya la angustia de Coraline por escapar. Mientras tanto, las inquietantes ilustraciones de McKean jalonan el texto muy adecuadamente (quizá sus seguidores hubiésemos deseado que su número fuera mayor) para aumentar la tensión. A este respecto, es interesante volver a la mencionada obra Sandman, porque el lenguaje tanto escrito como visual guarda una relación muy estrecha con el mundo del cómic y evoca imágenes ya sugeridas en alguno de los episodios del Señor del Sueño.

Como colofón, y siguiendo la tónica habitual en el tratamiento del terror en la actualidad, cuando parece que todo ha terminado felizmente, sucede que un cabo “quizás” queda suelto y que es necesario atarlo a cualquier precio; la presencia de un siniestro y profundo pozo, posiblemente la materialización de la idea de una de esas míticas entradas al infierno, resulta paradigmática.

Y es que con Gaiman nada puede darse por definitivamente sentado. En fin, Coraline nos invita a disfrutar pasando miedo, pero del bueno.

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