Clásicos infantiles: Leo Lionni

Quisiera centrarme en unos pocos autores, seguramente conocidos por ustedes: algunos han fallecido recientemente, otros han alcanzado ya una cierta edad en la que pueden disfrutar la felicidad de haber conseguido su propósito de hacerse un hueco de manera casi permanente entre los lectores infantiles debido al éxito de sus libros (cuando me refiero al éxito lo digo en un sentido de long-seller, es decir, esos libros que se reeditan constantemente y que están pasando desde hace treinta o cuarenta años de generación en generación con el mismo entusiasmo).

Todos estos autores comparten un mismo sentimiento de cercanía al mundo infantil, cada uno a su manera, pero todos son capaces, con sus libros –o alguno de ellos– de conseguir contar cosas importantes, de hacer que los niños vayan solos a sus libros, independientemente de su origen social y de su pertenencia a una clase determinada, o del país en el que vivan. Es como si los autores nunca se hubieran desprendido de su infancia que, por cierto, no fue fácil en muchos casos. Infancias duras, en períodos de entreguerras, o directamente, de guerras, con grandes cambios económicos y sociales que influyeron directamente en sus vidas.

Uno de estos autores es el holandés Leo Lionni, fallecido en 1999, quien publicó, poco antes de morir, unas memorias tan maravillosas que se podría decir que además de sus cualidades como artista, diseñador y creador de libros para niños, su talento como escritor no desmerecía esas otras facetas. En esas memorias, que están inéditas en España, Lionni recuerda con intensidad y deteniéndose en muchos detalles, su infancia. Nació en 1910 en Amsterdam, entonces la capital del diamante donde su padre, justamente, trabajaba como pulidor de diamantes y vivían modestamente en la buhardilla de un edificio de esos típicos de ladrillos y calles anchas. Una infancia en la que recuerda con intensidad a su tío Piet, que le hacía posar durante horas para sus dibujos y quien le puso en contacto con la bohemia y la creatividad que contrastaban con el trabajo de su padre. Su tío Piet, como él lo recuerda en su libro, “fue su héroe” durante la infancia, que le hizo amar el arte, la pintura, el ambiente de los talleres. También por la música sintió gran interés debido a la profesión de su madre, una italiana cantante de ópera que frustró su carrera para casarse con un honorable judío comerciante de diamantes. De tal manera estaba Lionni imbuido en el arte que, cuando a los nueve años le preguntaron qué quería ser de mayor dijo con toda la convicción que pudo: “¡artista!” (1) . Y recuerda: “Arte era para mí una palabra con mayúsculas, pintura, escultura, canto, piano e incluía también la arquitectura. Artistas eran Le Faucconier, el tío Piet, mi madre, van Gogh, Rembrandt, Berlage, Chagall –la persona que había pintado el calendario que colgaba en la cocina de la abuela Grossouws– y el copista del Rijskmuseum”. Otra de las pasiones de Lionni era el terrario de su habitación, donde alimentaba y cuidaba animales con el mimo que sólo pueden tener los niños que adoran coleccionar, observar, jugar con la naturaleza y sentirse parte de ella. Lionni tardó mucho tiempo en publicar un libro para niños, y fue casi de casualidad, a los cuarenta y nueve años, cuando quiso entretener a sus nietos durante un viaje en tren rompiendo trocitos de papel de colores para contar una historia: Azulito y amarillito, inédito en España. [Con posterioridad a la redacción de este artículo, ha sido publicado por Kalandraka, con el título de Pequeño azul y pequeño amarillo.]

Cuando a los nueve años le preguntaron qué quería ser de mayor dijo con toda la convicción que pudo: “¡artista!”

En su infancia, donde reinaba un gusto por el arte y donde no resultaba insólito que un muchacho como él hablara tres idiomas (además del holandés, francés y alemán), ocurrieron otros acontecimientos que marcaron sus recuerdos. Con la primera guerra mundial sus padres emigraron a Estados Unidos y él quedó al cargo de su abuelo y de un tío coleccionista de cuadros que le siguió cultivando en el arte y los artistas. Con doce años emigró él también a Estados Unidos donde debió adaptarse a un nuevo tipo de vida y a nuevas circunstancias: la depresión del 29, la Segunda Guerra Mundial y al impedimento de regresar debido a la persecución nazi en Europa.

Cuando, ya maduro, comienza a escribir para niños, regresa involuntariamente a ese mundo infantil que tanto le había marcado. No sé si recordarán uno de sus libros más importantes, Frederik. Les resumo brevemente el cuento: un ratón, de pestañas caídas y aire melancólico, mientras sus compañeros buscan provisiones para el largo invierno, permanece aislado y pensativo en una roca. Cuando llega el invierno y todos le preguntan qué estaba haciendo, les ofrece un poema que alimenta sus espíritus y les brinda un rayo de sol en el cerrado invierno de la madriguera. Es la fábula actualizada de esa antipática historia de Esopo, “La cigarra y la hormiga”, pero Lionni es capaz de ir más allá del cuento moral, dándole una lectura totalmente nueva. Frente a la importancia del trabajo, Frederik recuerda a los lectores la necesidad de alimentarse de otras cosas que paja y nueces. Pero va más allá. A muchos Frederik les podrá parecer egoísta, pero el egoísmo del protagonista es, simplemente, una fidelidad consigo mismo que le permite, además, llegar al resto de su comunidad. Sus compañeros de madriguera, lejos de recriminarle, le dejan meditar, respetan su introspección y sienten verdadera curiosidad por su mundo, que, finalmente, agradecen. Lionni parece decirles a los niños con su cuento la importancia de la libertad individual: los lectores se sienten amparados pues saben que los ratones respetarán la individualidad de Frederik -incluso aunque sea un mal poeta como lo demuestran sus versos finales- y satisface hasta al lector más inseguro. Es como si le dijera que hay que ser lo que uno desea y hay que serlo sin temor pues los demás lo podrán entender.

Lionni, años más tarde, explica el sentido de sus cuentos infantiles con gran clarividencia remontándose a su infancia lejana: “Cuando niño, era un coleccionista apasionado de animales pequeños, especialmente reptiles. Los guardaba entre las paredes de cristal de un terrario, donde en una mezcla de orden y azar arreglaba arena y guijarros, musgos y helechos, para simular un habitat natural. (…) De hecho, estos pequeños paisajes que componía fueron las primeras metáforas deliberadas de mi vida como artista. (…) era capaz de crear mundos alternativos que creaba para mi propia contemplación. Eran sustitutos seguros, previsibles y estables frente a una realidad en constante transformación. Eran mi refugio contra el mundo incierto y hostil que me circundaba. (Años más tarde) comprendí que los protagonistas de mis cuentos son los mismos actores pequeños y silenciosos que a través de las etapas de mi infancia, encerrados en paredes de cristal, habían interpretado para mí la compleja ficción de azar y destino, naturaleza, artificio, vida y muerte.” (2)

En todos sus libros, Lionni compone pequeñas e importantes fábulas que aleccionan sobre la vida, pero no para moralizar, sino para permitir al niño reencontrarse con su propio mundo y ofrecerle una alternativa segura. Resulta evidente que Lionni no ha creado sus fábulas por casualidad: es capaz de volver a la infancia para capturar y expresar los sentimientos de sus más tempranos encuentros con cosas y eventos. Esa mirada hacia la infancia que Lionni realiza con cada una de sus ficciones es, una vuelta a su propia infancia, a su mundo mágico y especial, que consigue revivir. Como él mismo dijo: “De algún modo, en algún lugar, el arte en efecto expresa siempre los sentimientos de la infancia”.

Notas

1 Leo Lionni: Zwischen Zeiten und Welten. Autobiographie.
2 Leo Lionni: “Ante las imágenes”. En: Parapara, 11.

20 comentarios en “Clásicos infantiles: Leo Lionni

  1. yolanda bugueño paz
    01/04/2013 a las 02:03

    leí a un grupo de personas mayores este bello cuento, agradó mucho, no lo conocían y resultó un buen análisis para respetar a los seres diferentes y sus individualidades, muy agradecida

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  3. Keta
    27/07/2011 a las 22:47

    Soy admiradora de Leo Lionni,sus libros me han acompañado con los años de maestra,Frederik,Nadarin,la casa mas grande,,,azul y amarillo..precioso para contarlo a los 3 años que descubren al amigo y le acompañan una ilustración simbólica y sencilla..pero ahora al encontrarme esta pequeña biografía suya,me ha gustado mucho saber de su niñez.
    graciñas,un saludo .Keta

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  5. Tania León Pérez
    02/11/2010 a las 19:27

    Hola Ana:
    Mi nombre es Tania y soy cubana, quedo agradecida por tu artículo y la posibilidad que nos da Babar de leerlo y además agradecerte por esta vía.
    Por favor no deje de realizar propuestas que incluyan esta divina promoción a la lectura infantil, tan necesarias para todos en cualquier contexto en que nos encontremos.
    Si aseguráramos la infancia, ya lo tendríamos todo.
    Gracias y felicitaciones.
    Tania

  6. Marpia Rosa
    11/06/2009 a las 19:54

    sOY dOCENTE, ELEGI ESTE CUENTO, PARA LEERLES A LOS NIÑOS EN EL JARDIN DE INFANTES DONDE TRABAJO. MUY INTERESANTE HISTORIA. ME AGRADO MUCHO Y A LOS NIÑOS TAMBIEN.

  7. Anónimo
    22/03/2009 a las 15:09

    VIVO EN PARAGUAY PASE MI INFANCIA EN ALEMANIA ALLI FREDERICH ACOMPAÑO MIS CINCO AÑOS ESTE ME IMPACTO TANTO QUE NO ME LO LOGRARON QUITAR DE LA MANO HASTA AHORA QUE TENGO 30, SOY LA TERCERA GENERACION DE ARTISTAS MUJERES DE MI FAMILIA Y EN UN TALLER DEL LIBRO ILUSTRADO ME MOSTRARON EL PEQUEÑO AZUL Y ME QUEDE PRENDIDA Y AL LLEGAR A CASA QUE SORPRESA ERA EL MISMO AUTOR QUE ME ACOMPAÑO TOODA LA INFANCIA LA VIDA Y SUS VUELTAS!!!

  8. MARIA 17-02-2009
    18/02/2009 a las 08:20

    LEY ESTE LIBRO HACE UNOS 2O AÑOS, AHORA POR CASUALIDAD LO TENGO ENTRE MIS MANOS.PARA MI ES MARAVILLOSO DE UN GRAN VALOR, QUE ME ENSEÑA A RESPETAR AL OTRO COMO ES Y QUE CADA SER TIENE UNA MISIÓN EN LA VIDA. FREDERICK EL POETA. UNA GRAN LECCIÓN DE HUMILDAD Y CORAJE.

  9. cristina
    24/09/2008 a las 15:10

    Regalamos este libro a mi hijo en su 3er. compleaños. Aparte de sus maravillosas ilustraciones la fábula es estupenda: una familia de ratones se prepara para el invierno guardando grano, todos menos uno, que guarda colores, palabras… una bonita forma de explicar que el arte también alimenta y es tan necesario para vivir como la comida.
    Unlibro delicioso.

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