Almanaque musical

Almanaque musicalAntonio Rubio
Ilustraciones de David Pintor
Sevilla: Kalandraka, 2012

El respetado crítico y profesor canadiense Perry Nodelman, una de las mayores eminencias en el campo de la investigación académica sobre la LIJ, sostiene en The Hidden Adult. Defining Children’s Literature que en realidad los autores de esta clase de literatura escriben más para la idea que tienen de los niños que para los niños como son en realidad, y que esa idea preconcebida o construcción –assumption, la llama– sobre su lector modelo o pretendido es lo que está conformando varios rasgos de la LIJ entendida como un género literario con entidad y características propias, y no como una mera categoría subsidiaria de la Gran Literatura, es decir, de la literatura para adultos. Tomada en consideración, esta sugerente propuesta puede abrir muchos claros acerca de las razones por las cuales en la LIJ se perpetúan algunos temas y recursos ad aeternum (por no decir ad nauseam), mientras que otros parecen no existir, y por qué en algunos subgéneros las verdaderas innovaciones, o el uso de algunas herramientas que dejaron de ser novedosas en el campo de la literatura tiempo ha pero que no han traspasado aún el umbral de las obras escritas para lectores primerizos y jóvenes, brillan por su ausencia. Esto es especialmente aplicable al campo de la poesía infantil.

Cualquier lector que se asome a la lírica española escrita expresamente para niños y que esté más o menos al tanto de las novedades en este campo llegará rápidamente a la conclusión de que la mayoría de los poetas infantiles parece no conocer o haber olvidado varias de las más grandes revoluciones que han modificado la poesía desde mediados del siglo XIX hasta hoy. A pesar de que el paisaje lírico actual no puede entenderse sin la liberación que supusieron tanto el verso libre como la imagen visionaria, en los poemarios infantiles de hoy en día ambas facetas no abundan. Siguen usándose mayoritariamente la rima –casi siempre consonante–, los versos regulares –casi siempre de arte menor– y las imágenes muchas veces carecen de audacia o de potencia visionaria. En líneas generales, y aunque sin duda hay notables excepciones, la poesía infantil actual aún se muestra deudora en exceso de la tradición oral que nutre también otros subgéneros de la LIJ, tanto en métrica como en recursos, amén de atascada en ciertos temas recurrentes que dejan de lado muchos otros. Este estado de cosas revela, por supuesto, ciertas ideas preconcebidas sobre aquello que se cree que el lector infantil puede entender o no, o puede disfrutar o no. En general, la mayoría de autores parece creer que el ritmo solo se puede lograr a través de la rima, o que al niño hay que mantenerlo en una suerte de Arcadia infantil donde hay animales pero no teléfonos móviles, Internet o vídeo-consolas.

Por eso hay que saludar este libro de poemas escritos por Antonio Rubio e ilustrados por David Pintor como un soplo que aporta cierto aire fresco al panorama de la lírica infantil española, dando ciertos pasos innovadores que debemos sin duda aplaudir aun manteniéndose en otros aspectos dentro de una mayor ortodoxia que quizás no venga mal para que el lector natural de estos versos no se desoriente del todo y sepa por dónde va.

Antonio Rubio no renuncia a la rima y al arte menor en este Almanaque musical, ni tampoco a un molde textual convencional, ya que, como su propio título indica, el libro está compuesto por doce poemas correspondientes a los distintos meses del año, en cada uno de los cuales encontramos, en las ilustraciones, a una misma orquesta de músicos vestidos de rayas que tocan sus instrumentos en diversas condiciones temporales, según la época del año. Pero a partir de esa base elige una serie de opciones estéticas que lo alejan de la puerilidad y de lo previsible. En primer lugar, escoge la rima asonante en lugar de la consonante, lo cual dota a los poemas de una sonoridad más ligera. Y, aunque este patrón métrico entronca claramente con la lírica popular, con su rima en los pares, el resultado se distancia de esta en la medida en que el autor no apuesta solamente por el ritmo muy marcada de cierta poesía infantil que a veces, más que rítmica, parece machacona. Salta por encima del ritmo la fuerza imaginaria de los poemas, que ilumina la realidad para abrir los ojos del lector estableciendo nexos inesperados entre diversos objetos, de tal manera que nuestra percepción se abre al leer estos versos, como sucede con la buena poesía, sin importar para qué lector esté pensada.

Por ejemplo, en febrero se establece un paralelismo entre las notas musicales y los copos de nieve (“Caen como arpegios / blancas notas lentas / de algún pentagrama / oculto en la niebla”), o, más adelante, “Hace crecer mayo / atriles de hojas / sobre la floresta / de madera airosa”. Incluso hay espacio para metáforas tendentes a cierto surrealismo y para la adjetivación audaz, como en julio (“La clave de sol / es una barcaza / con el remo insomne / sobre el agua clara”) o en agosto (“El cello navega / con mástil velero. / Mascarón de proa / es el clavijero”). Esta potencia imaginaria que asoma en casi todos los poemas, sin llegar a convertirse del todo en protagonista, es aún una rara avis en la poesía infantil, demasiado pendiente todavía de los juegos de palabras, los paralelismo y las repeticiones, de los recursos estructurales y no conceptuales, cuando no con conformarse en poner en verso una descripción o una historia sin sazonar esos motivos con la tensión del lenguaje que es inherente a cualquier poema. En este sentido, Almanaque musical no renuncia del todo a cierta narratividad, ya que, como hemos comentado anteriormente, el lector sigue a lo largo de los doce meses a una misma orquesta de músicos, humanos y animales, identificables por sus trajes y sombreros a rayas que cambian de color según la época del año, y va asistiendo a los cambios que cada mes las estaciones traen consigo. De ahí que las expresivas ilustraciones no sean un simple complemento del texto, sino que ayuden a concretar las variaciones estacionales con cambios de color y de composición. Además, y para completar libro como este que aúna palabra, imagen y música, se añaden al final algunas sugerencias musicales de conciertos para cuerda, que incluyen obras de Vivaldi, Bach, Mozart, Beethoven, Berg o Bela Bartok, entre otros.

En suma, Almanaque musical podría ser –y ojalá sea, nos atreveríamos a añadir– la avanzadilla de cierta tendencia dominante dentro de la poesía española escrita para niños caracterizada por cierta audacia en la elección de recursos, por un lado, y por cierta prolongación de algunos rasgos largamente asentados en este campo. Una línea dentro de la cual también podemos encuadrar a autores como Juan Kruz Iguerabide o Fernando Aramburu, por ejemplo, que han dado muestras de la misma tendencia en algunos de sus libros, y que esperemos tenga continuidad en el futuro.

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